domingo, 15 de noviembre de 2009

El castillo de arena


Erase una vez una niña, que era la princesa de su propio castillo de arena. Nunca tuvo demasiado (como los niños de ahora), aunque tampoco le faltó de nada. En aquellos tiempos no necesitabas tener en casa tu propia tienda de juguetes, porque salias a la calle y con cuatro piedras y unas hojas montabais un enorme mercado.

Tenía una familia que la adoraba, tres hermanos mayores que hasta eligieron su nombre, y un montón de buenos amigos, ¿que más podía pedir?. Mucha niñas, con más, sentían que tenían menos.

Pero ella, se miraba al espejo y se veía fea, se veía gorda. Sobretodo en los años en que dejó de ser tan niña y se hizo mujer.

Conoció algunos chicos que le dijeron que no era tan fea, que no era tan gorda. chicos que la quisieron; un poco más, algunos menos, todos sabemos como funciona.

Nuestra niña creyó las palabras de algunos y se ponía un lindo pintalabios para salir a pasear. Frente al espejo, se sentía princesa, aunque después frente al mundo se veía madrastra.

Recordaba cuando algunos niños, en el colegio, la llamaban "Gorda", ¿como hay palabras que duelen tanto?. Recordaba también como se sentía, cuando salía de casa con una nueva camiseta, ajustada, hermosa, y con la cabeza bien alta, y la sensacion que le producían ciertas miradas extrañas, que le obligaban a bajarla. Y lo pequeña que se volvía en aquellos instantes.

A veces, llegaba a ser tan pequeña que decidía no comer, otras, comía todo lo que la cabía en el estomago, para después devolverlo. Aunque las más, comía todo lo que su cuerpo podía soportar y se lo guardaba.

Así nuestra niña subía y bajaba de peso rápidamente, como una peonza, eso sí, siempre Gorda.

Gorda y fea fue creciendo. Se enamoró, desenamoró, volvió a enamorarse; ya saben, como todas las princesas.

Llegó un día en que la princesa tuvo una princesita más pequeñita, y aunque no había ningún principe para protegerla, la princesa grande descubrió que no le hacía falta, que ya no tenía miedo a nada.

Y pasó el tiempo y su princesita cada día era más bonita. Y la gente al mirarla siempre le decía "que guapa que es, se parece a ti", "que niña más linda, tiene tu cara"...

Y la princesa grande miraba a su niña y se preguntaba, ¿como va a ser igual que yo, si mi niña es preciosa, y yo soy gorda y fea?.

Pero nuestra princesa un día abrió los ojos. No porque nadie le dijera que fuera guapa, no lo hubiera creído nunca, o porque opinaran que su niña tenía su misma cara. No, no fue por eso, nuestra princesa abrió los ojos porque se dio cuenta de que no importaba lo que pensara el mundo, que la única persona que tenía que verla hermosa era ella misma.

Y así, nuestra princesa empezó a quererse, unos días más, otros menos, con dos quilos arriba o dos abajo. Pero siempre ella, afianzando su castillo de arena.

3 comentarios:

  1. Conozco a esa princesa y si es preciosa, aunque solo hace falta que se mira a un espejo para saberlo!! Porque quien es guapa es guapa y punto!!!

    Besootes princesa...

    ResponderEliminar
  2. Precioso, se me saltaron las lágrimas... yo tmbién he tenido a esa princesa en casa. Besitos fuertes.

    ResponderEliminar

Empezando por ti